martes, 28 de septiembre de 2010

50 Regatas para el Haddock

No es extraño que quienes navegamos lo hagamos sin saber hacia que puerto vamos, y cuanto más nos alejamos de la costa, cuando el horizonte se vuelve solo agua y cielo, un pensamiento extraño nos asalta, imaginamos tal vez no regresar, dejarnos llevar por el viento con el timón entre las manos hacía algún lugar indeterminado, difuso, lejos de casi todo. Y las regatas imponen un nuevo orden a estos pensamientos, no los evitan, apenas los suspenden, entonces navegamos midiéndonos con otros que navegan y que quizás alberguen iguales convicciones.
Leemos la superficie del agua buscando en ella los indicios de vientos sutiles que aún no se presentan, avistamos a otros barcos lejanos intentando encontrar en su escora o en el porte de sus velas alguna clave aún no revelada de lo que sucede a la distancia, y cuando cae la noche las luces de las boyas que destellan sobre las aguas oscuras se transforman en otro extraño cielo. Buscamos, como si se tratara de una bella coreografía, la maniobra perfecta, esa conjugación precisa de almas y acciones en movimiento que nos devuelve la alegría inmensa del acierto o el descontento que provoca el error, y en cada regata que largamos y concluimos nos queda la certeza de  una amistad que crece entre nosotros, testigos silenciosos de los misterios del mar y de los rios. Ganar o perder son solo alternativas ulteriores.